Posts

Reflexiones … (15-Junio-2007)

 

En estos tiempos cuando está de moda reflexionar sobre los problemas de los otros, y obviar lo inmediato y lo cercano, me propuse tocar otros temas fuera del estrecho marco de mi casa y mi ciudad. Pensé entonces en los aborígenes australianos discriminados en su propio país, en las dificultades para reconstruir Nueva Orleáns y en las demandas de los sin tierra en Brasil. Al final me di cuenta que no puedo escribir sobre ninguno, la razón es simple: me duele una muela.

Ya sé que parece que no tiene relación una cosa con la otra, pero sí. Mientras el latido del dolor me sube por la mejilla y me llega hasta el oído, no puedo concentrarme y reflexionar en otra cosa que no sean mis propios problemas. La tierra de los canguros se me desdibuja, el Superdome pasa a un segundo plano y las consignas agrarias se me apagan en la lejanía. La muela sigue llamándome a esta realidad.

Las sístoles del dolor se hacen más pronunciadas cuando recuerdo los últimos días perdidos en la consulta estomatológica. Una vez por falta de agua, la otra por el compresor roto y una tercera porque no tenían el papel para envolver el instrumental en el esterilizador; al final el grito de la recepcionista terminó con mis esperanzas: “No vamos a dar más turnos hasta el próximo mes”. Todo eso ocurre en el policlínico “19 de Abril” de Plaza, que es mostrado como ejemplo a las delegaciones extranjeras que vienen de visita a Cuba. Quien sabe si algunas viajan desde las remotas tierras australianas, las bajas planicies sureñas y el caliente campo brasileño. Así que he pensado seriamente sentarme con mi dolor en la puerta a esperar a uno de esos visitantes. Quizás pueda visitar ese “otro policlínico” que a ellos les muestran, ubicado exactamente en el mismo lugar del mío, pero donde las cosas funcionan y los pacientes sonríen satisfechos.

No será acaso que todo lo que necesitan las autoridades para reparar en nuestra realidad y afanarse en mejorarla, es un simple y prolongado dolor de muelas. Uno sin calmantes, sin dentista personal presto a intervenir y colocar una amalgama importada ayer mismo, sin bombillos en la lámpara del sillón estomatológico, sin cremitas anestésicas que dejen un sabor a caramelo de menta; en fin, uno como éste que tengo yo ahora.


Una silla vacía (24-diciembre-2007)

 

Hoy voy a celebrar la noche buena con mi familia y mis amigos. Armaremos una improvisada mesa con las viejas puertas del ascensor y sobre ella una sábana hará las veces de mantel. Cada uno traerá algo para festejar. No tendremos las uvas, la sidra o el turrón, pero estaremos juntos y en armonía -lo cual es ya un lujazo-. Los niños tendrán su refresco garantizado, mientras que un roncito con limón o miel será el néctar para los adultos. Mi mamá contará lo complicado que fue comprar los tomates en la mañana y mi sobrina me recordará que el martes 25 actuará como angelito en la misa de su Parroquia.

A la cabeza de la mesa mantendremos una silla que permanece sin su ocupante desde la Navidad del 2003. Es el lugar de Adolfo Fernández Saínz –condenado en la Primavera Negra a quince años de prisión-. Será triste comprobar, por quinta vez, su ausencia. Si se lo permiten los carceleros, podremos escuchar su voz en el teléfono dándonos ánimo (¡Qué ironías tiene la vida! Él, que está en la cárcel, tiene fuerzas aún para infundir aliento).

Recuerdo el día en que le contamos a mi hijo que él estaba preso. Mi marido le dijo: “Teo, tu tío Adolfo está en la cárcel porque es un hombre muy valiente”, a lo que mi hijo respondió con su lógica infantil: “Entonces ustedes siguen libres porque son un poco cobardes”. ¡Qué manera más directa, de decir las verdades, tienen los niños! Sí, Teo, tienes razón: en esta Navidad calentamos aún nuestras sillas porque somos “cobardes”, deseamos en la intimidad de la familia un nuevo año de libertad, pues no logramos hacer de esos deseos una realidad. Nos conformamos con el mito de la fatalidad nacional, porque nos hemos dado por vencidos en el acto de cambiar las cosas.

La vacía silla de Adolfo será el territorio más libre de nuestra improvisada mesa navideña.


Jovenzuelos (30-1-2008)

 

Hay ciertos ancianos a los que el desenfado de los más jóvenes les produce quemazón y pesadumbre. Son aquellos que intuyen que los que vienen detrás barrerán con todo lo que para ellos resultara “sagrado”. Tienen razón. Nada hay más temible que un adolescente que no economiza sus horas y que amenaza con “cambiarlo todo”. Son esos viejos los que, en la primera oportunidad, les echan en cara a los nietos los pañales lavados, la educación ofrecida, los desayunos servidos y hasta las medicinas compradas.

Una oleada de ese rencor me ha llegado en el despectivo de “jovenzuelo” lanzado por Fidel Castro en sus penúltimas reflexiones. La andanada de “trapos sucios” fue motivada porque un cubano (quizás Yuniesky, Yohandry o Yasiel) fue entrevistado por una agencia extranjera y declaró que no quería oír hablar de socialismo. Con ese determinismo, típicamente juvenil, se agenció la virulenta reacción del mismísimo jefe de Estado que le dedicó casi un párrafo.

Toda la historia del joven hastiado y del severo “abuelo” que lo recrimina, me ha transportado a los años de la Glasnot y a la revista Novedades de Moscú, donde un imberbe joven advertía a los sesentones que frenaban los cambios “ustedes tienen todo el poder, nosotros tenemos todo el tiempo”. Claro, hay que matizar la frase al saber que también para Yunieski o Yohandry pasan los años, y cada vez cuentan con menos tiempo.

Presiento que me volveré una viejita un tanto punk. Le permitiré a los muchachones del 2050 burlarse de mis fotografías y del feo peinado que llevaré por más de tres décadas. Los dejaré derrumbar uno a uno todo lo que hoy me resulta “intocable”. Lo haré con gusto y conformidad, porque sé que ellos no sólo tienen el tiempo, sino que -sin saberlo- devengan también el poder. Un enorme poder que les permite escoger entre “esperar o hacer algo”.

 

Parlamento viene de “parlar”(23-1-2008)

 

Desde hace una par de días hay un nuevo parlamento. Fíjense que no digo “tenemos”, sino que echo mano de la forma impersonal, lejana y ajena. Estos 614 diputados que han asegurado su puesto en la Asamblea Nacional, tendrán –durante los próximos cinco años- la aburrida tarea de asentir, unánimemente, ante cada proyecto de ley. El ejercicio de levantar la mano, en señal de conformidad, les ocupará una buena parte del tiempo de las sesiones. Mientras que la mordaza impuesta por la “Modificación Constitucional” del 2002, les recordará que “el socialismo es irrevocable”.

Verlos tan disciplinados, tan correctos, extrañamente callados en sus sillas, me deja una rara impresión de “parlamento” que no “parla”. Más bien parece un grupo de espectadores, increíblemente uniforme. No recuerdo una sola discusión, un solo acaloramiento surgido en las monótonas reuniones en el Palacio de las Convenciones. Nadie con las venas del cuello hinchadas, ni un solo parlamentario diciendo “No, eso no voy a aceptarlo”. Tampoco ha ocurrido el aplazamiento de una sesión, ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo. Resulta sospechoso que, en un país donde se hace difícil dialogar y llegar a un arreglo, haya más de medio millar de personas en consenso.

Ya ustedes saben que me obsesionan las palabras y sus significados (manías de filóloga), de ahí que propongo no seguir llamando a esto un “parlamento”. Digámosle lo que es realmente: un abultado grupo de “oyentes”, un selecto, respetuoso y obediente “auditorio”.


En Vela (19-2-2008)

No me dejan dormir desde las tres de la madrugada. El teléfono empezó a sonar minutos después que la página web de Granma colgara las últimas reflexiones de Fidel Castro. Desde ese momento no he podido volver a acostarme. Es difícil pensar con claridad cuando se lleva encima una madrugada en vela, así que todavía estoy en la fase de “pellízquenme a ver si estoy despierta”. Los amigos tampoco me ayudan mucho a espabilarme, pues me acosan a preguntas, como si en esta Isla alguien pudiera tener “respuestas” a algo. 

Toda mi vida la he pasado con el mismo presidente. No sólo yo, sino que mi mamá y mi papá –nacidos en el 57 y en el 54, respectivamente- tampoco recuerdan a otro, que no sea el que hoy se ha despedido de sus cargos. Varias generaciones de cubanos no se han hecho nunca la pregunta de quién los gobernará. Tampoco ahora tenemos muchas dudas de cuál persona ocupará el máximo puesto, pero al menos hay alguien que parece definitivamente descartado. Como en esos filmes de Alfred Hitchcock nos hemos enterado, sólo cinco días antes de las elecciones, que nuestros disciplinados parlamentarios se enfrentarán a una boleta diferente; que no tendrán que marcar al lado del “mismo” candidato. 

A pesar de estar cayéndome de sueño, alcanzo a darme cuenta que hoy se ha cerrado un ciclo. Vale preguntarse si el nuevo que se abre llevará nuestros nombres, tomará el curso de nuestros deseos o durará otros cincuenta años. 

Por el momento cierro los ojos y ya me siento más ligera.


De regaños y paginas “presilladas” (24-3-2008)

 

Confieso que me ha dado por portarme mal. Me rebelo ante las órdenes, busco limones que no aparecen, exijo disculpas que nunca llegan y, gran majadería la mía, pongo mis opiniones en un Blog -con foto y nombre incluidos-. Como ven, con estos treinta y dos años –tan impertinentes- ya me viene tocando un correctivo.

Así que los anónimos censores de nuestro famélico ciberespacio, han querido encerrarme en el cuarto, apagarme la luz y no dejar entrar a los amigos.  Eso, convertido al lenguaje de la red, quiere decir bloquearme el sitio, filtrar mi página, en fin, “pinchar”  el Blog para que mis compatriotas no puedan leerlo. Desde hace un par de días Generación Y es sólo un mensaje de error en la pantalla de muchas computadoras cubanas. Otro sitio bloqueado para los “monitoreados” internautas de la Isla.

Mis textos, los de los otros bloggers y periodistas digitales, han hecho que la presilla de los inquisidores haga su ridículo papel. Con estas ínfulas de adolescentes rebeldes, nos hemos ganado el manotazo, el severo guiño y el regaño. Sin embargo, la reprimenda es tan inútil que da pena y tan fácil de burlar que se trueca en incentivo.


Adaptarse o cambiar (23-junio-2009)

 

En mi ascensor soviético, de la época de Brezhnev, comenzó a caer una gota de grasa desde la salida de emergencia que hay en el techo. La persistente llovizna no desentona con el estado técnico del elevador, más bien se corresponde con el piso desconchado, los grafitis obscenos y los ruidos espeluznantes que hacen las puertas al abrirse. A varios vecinos les ha arruinado la ropa o engrasado el cabello la caprichosa sustancia; pero la solución que hemos encontrado es cederle espacio para que ella caiga a su antojo. Desde hace un par de meses, ya no se pueden montar seis personas en el deteriorado artefacto, pues hay un espacio reservado para la grasa que cae.

De la misma manera que nos replegamos ante la caprichosa gota, nos adaptamos a que en un cine con seis hermosas puertas de cristal, solo una esté abierta. El conformismo nos lleva a aceptar que al final de la película, todos los espectadores deban apretujarse para pasar por una hoja de lo que, otrora, fue una hilera de batientes portones. Así mismo, nos hemos acostumbrado a que los dependientes de las tiendas nos traten mal, a que los productos vengan adulterados y a que los servicios se malogren poco tiempo después de haber sido inaugurados. Todo eso, con el mismo vacuno beneplácito con el que vemos disminuir nuestros derechos ciudadanos.

Ser indolente está de moda. Por lo que mis vecinos y yo hemos empezado a creer que la grasa del ascensor es buena para hacer crecer el pelo y, las manchas que provoca en la ropa, son de lo más bonitas. Si espera por la acción de nosotros, puede vivir tranquila la gota de mi ascensor soviético: la dejaremos caer en paz. ¿Quién va a caer en el ridículo de intentar cambiar las cosas?


De gratuidades y otras fantasías

 

Voy a buscar un colirio para mi ojo derecho que tengo irritado desde hace un par de días. Dos horas de espera en el médico de la familia me permiten enterarme de todos los chismes del barrio, de boca de las vecinas que van a “pasear” al consultorio. La doctora se queja de que tiene mucha carga de trabajo, porque parte de sus colegas está de misión en Venezuela, y  me escribe una remisión mientras se come una pizza de seis pesos.

En el policlínico el panorama es similar, pero la preocupación por mi ojo hace que me porte bien y espere a que me atiendan. Un señor con unos espejuelos antediluvianos me advierte que él marcó en la cola desde la seis de la mañana, así que calculo que podré terminar de leerme una novela mientras aguardo. Con sorna, una viejita me insinúa –sin que yo haya abierto la boca- “esto es así porque es gratis, si hubiera que pagarlo, otro gallo cantaría”.

No me sorprende su expresión, pues frases como esas aparecen con más frecuencia por todas partes, pero me quedo pensando en el raro concepto de gratuidades que maneja la señora. Al decírmelo yo imagino que la lámpara de Aladino, frotada por once millones de cubanos, ha logrado proveernos de estos hospitales, de las escuelas y de otros publicitados “subsidios”. Pero el espejismo del genio con sus tres deseos me dura poco, caigo en cuenta que todo eso lo pagamos cada día con un alto precio.

El dinero no sale, como la señora cree, del bolsillo bondadoso de quienes nos gobiernan, sino de los altos impuestos que nos cobran por cada producto adquirido en las tiendas de pesos convertibles, de los excesivos pagos que nos obligan a hacer en los trámites migratorios, del gravamen humillante que las monedas extranjeras tienen en esta isla, y de la subvaloración salarial en que están sumidos todos los trabajadores. Somos nosotros los que pagamos estos servicios de los que, vaya ironía, no podemos quejarnos.

Es más, pagamos también la gigantesca infraestructura militar, que en sus delirios guerreristas consume una buena parte del presupuesto nacional. De nuestros agujereados bolsillos, salen las campañas políticas, las marchas de solidaridad y  los excesos de protagonismo que nuestro gobierno se permite tener por todo el mundo. Somos nosotros los que financiamos nuestras propias mordazas, los micrófonos que nos escuchan, los delatores que nos acechan y hasta la tranquila parsimonia de nuestros parlamentarios.

De gratuidades nada. Cada día pagamos un alto precio por todas esas cosas. No solamente en dinero, tiempo y energía, sino también en libertades. Somos nosotros mismos los que sufragamos la jaula, el alpiste y las tijeras que nos cortan las alas.


Las medias noticias (5-octubre-2007)

 

¡Vaya forma que tenemos los cubanos de enterarnos de lo que pasa! Hemos aprendido a leer entre líneas, a sospechar de cada información y a dudar de lo que dicen esos señores de traje y corbata que hablan en los noticieros. Cuando aparece un titular que anuncia “se restablece el servicio de…” se están dando dos noticias en una, la que nunca se hizo publica de que “no estaba funcionando” y la de que ahora “vuelve a hacerlo”. Los restaurantes vegetarianos, por ejemplo, que inundaron la ciudad y la prensa hace siete años, ahora han cerrado sus puertas y ningún periodista oficial le dedica un reportaje a su decrepitud.

Ayer han dado la noticia de que los estudiantes de la Universidad de Oriente, junto a sus profesores han protagonizado una marcha de apoyo a la Revolución. Algo no encaja, ¿verdad? pues hace una semana se rumora que hubo una protesta, allí mismo, por las pésimas condiciones de los albergues, la comida y el transporte. Así que siguiendo esa línea informativa, que nos toma por perennes infantes incapaces de sacar sus propias conclusiones, la TV nacional ha vuelto a ocultarnos lo que pasa al no narrar los sucesos de Santiago de Cuba.

Vimos como la delegación cubana ante la ONU se levantaba de sus asientos durante el discurso de Bush, pero las palabras de éste nunca fueron transmitidas. Asistimos a la firma masiva de una “momificación constitucional” sin que se mencionara el proyecto Varela, al que evidentemente se intentaba dar respuesta con dicha acción. El pasado mes de enero leímos en Granma una críptica declaración de la UNEAC, hablando de cierta polémica intelectual que nunca se hizo pública en los medios. Ayer mismo vimos en la pantalla al ministro de exteriores de Bolivia exigiéndole al embajador norteamericano que se retracte de una declaraciones que jamás conocimos.

De medias verdades, noticias castradas y silencios, están llenas las páginas y minutos de nuestros noticiarios. De vez en cuando una encuesta sobre el estado de las pesas en los agromercados o el precio de los taxis privados intenta matizar –sin lograrlo- esta imagen de paraíso. Una verdadera arqueología informativa, es la que tenemos que realizar cada día los cubanos, para completar las noticias.

Con una buena parte de rumor, otra de intuición y pocas confirmaciones los cubanos vamos construyendo nuestras informaciones y referencias: ¡ya se puede imaginar lo que sale de ahí!


Multiplicados por cero (5-octubre-2007)

 

Las últimas reflexiones de Fidel Castro han terminado con mi paciencia. Lo que más me fastidia no es el rescate de una figura como Milosevic, condenada por la historia y por los hombres, sino la total indiferencia que Él muestra hacia nuestros problemas al tratar continuamente en sus comentarios temas internacionales enfocados en su protagonismo.

Por qué no reflexiona sobre el desánimo y la insatisfacción que cada día se hacen más evidentes en la sociedad cubana. Por qué no se involucra en los cuestionamientos que van ganando en profundidad y en extensión, hasta tocarlo a Él mismo. Si acepta de buena gana la gloria que se le atribuye por cada logro alcanzado, ¿por qué no asume la culpa por los errores y fracasos? ¿O acaso no tiene Fidel Castro la mayor parte de la responsabilidad con todo esto que hoy vivimos? Intentar evadirse, alejarse de nuestros problemas y teorizar sobre cosas que ocurrieron a miles de kilómetros o hace muchos años, es multiplicar por cero las demandas de una población que ya está cansada, desengañada y necesitada de medidas que alivien hoy sus precariedades.

¿Qué puede importarnos ahora el cruceteo de cartas entre jefes de estado, ocurrido hace ocho años, cuando los salarios no alcanzan ni siquiera para mal-vivir; la corrupción nos “come por una pata”; el país pierde cada mes miles de personas que emigran; el sistema de salud se desmorona y en las escuelas las pantallas de los televisores son las que enseñan a nuestros hijos?

Pura frivolidad política esa de estar reflexionando sobre jefes de estado, remitiéndose a correspondencia diplomática y bestseller escritos por exmandatarios. Nuestra realidad pide a gritos que se abran espacios para escuchar la opinión popular. ¿Hasta cuándo se gastarán las pocas páginas de la prensa nacional en satisfacer la vanidad personal de un político que no nos representa, que no se hace eco de nuestras exigencias y que ni siquiera nos menciona?


Parlamento viene de “parlar” (23-1-2008)

Desde hace una par de días hay un nuevo parlamento. Fíjense que no digo “tenemos”, sino que echo mano de la forma impersonal, lejana y ajena. Estos 614 diputados que han asegurado su puesto en la Asamblea Nacional, tendrán –durante los próximos cinco años- la aburrida tarea de asentir, unánimemente, ante cada proyecto de ley. El ejercicio de levantar la mano, en señal de conformidad, les ocupará una buena parte del tiempo de las sesiones. Mientras que la mordaza impuesta por la “Modificación Constitucional” del 2002, les recordará que “el socialismo es irrevocable”.
Verlos tan disciplinados, tan correctos, extrañamente callados en sus sillas, me deja una rara impresión de “parlamento” que no “parla”. Más bien parece un grupo de espectadores, increíblemente uniforme. No recuerdo una sola discusión, un solo acaloramiento surgido en las monótonas reuniones en el Palacio de las Convenciones. Nadie con las venas del cuello hinchadas, ni un solo parlamentario diciendo “No, eso no voy a aceptarlo”. Tampoco ha ocurrido el aplazamiento de una sesión, ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo. Resulta sospechoso que, en un país donde se hace difícil dialogar y llegar a un arreglo, haya más de medio millar de personas en consenso.
Ya ustedes saben que me obsesionan las palabras y sus significados (manías de filóloga), de ahí que propongo no seguir llamando a esto un “parlamento”. Digámosle lo que es realmente: un abultado grupo de “oyentes”, un selecto, respetuoso y obediente “auditorio”.


Habeas data (12-2-2008)

 

Las imágenes de la caída del muro de Berlín las vi once años después de los sucesos de aquel octubre de 1989. Por ese entonces, pocos cubanos tenían acceso a un reproductor de video o a la prensa extranjera. Las noticias nos llegaban cuando ya eran historia. El joven que desafiaba a un tanque en la Plaza de Tiananmen sólo cobró forma delante de mis ojos una década después de aquellos sucesos. Eso por no hablar de lo que pasaba a nuestro lado y apenas nos enterábamos. Así, ocurrió el Maleconazo de agosto del 94 y con los fragmentos difundidos por televisoras extranjeras, fuimos reconstruyendo la atmósfera de pedradas y palos de aquella jornada.
Atrás han quedado los tiempos en que los periódicos oficiales, el noticiero nacional o la radio cubana, eran las únicas fuentes de información –o desinformación- que teníamos. La tecnología ha venido en nuestra ayuda. Ahora, a pesar de todas las limitaciones para acceder a Internet, ver la programación que ofrecen los satélites o escuchar –sin interferencia- la radio de onda corta; las noticias nos llegan.
Una buena prueba de ello ha sido la rápida difusión underground, del video donde Eliécer Ávila, un estudiante de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), interpela al presidente del Parlamento cubano. Cómo se filtró la grabación de aquellas incómodas preguntas -que provocaron en Ricardo Alarcón sudoraciones, manoteos y las consabidas comparaciones con el pasado- es materia de especulación y duda. Un par de semanas después de los hechos, un buen número de cubanos ha visto o escuchado del singular encontronazo.
Parece imposible ya desactivar esa red precaria y clandestina que nos trae “noticias de nosotros mismos”. La información sesgada, omitida o distorsionada, ha terminado por convertirnos en ágiles rastreadores de datos, en maestros en el arte de hacernos con los detalles. Hoy fue el video de la UCI, mañana será el conocimiento de algo más clasificado y secreto lo que hará metástasis en la sociedad cubana.
Mientras lo medios oficiales mantienen su bucólico letargo, nosotros nos estamos enterando. El joven de la UCI ya tiene rostro, conocemos su voz, hemos oído los tartamudeos de su interlocutor. Esta no es una enorme plaza china con un joven que desafía a los tanques y la imagen no va tardar una década en llegar hasta nosotros.


En vela (19-2-2008)

No me dejan dormir desde las tres de la madrugada. El teléfono empezó a sonar minutos después que la página web de Granma colgara las últimas reflexiones de Fidel Castro. Desde ese momento no he podido volver a acostarme. Es difícil pensar con claridad cuando se lleva encima una madrugada en vela, así que todavía estoy en la fase de “pellízquenme a ver si estoy despierta”. Los amigos tampoco me ayudan mucho a espabilarme, pues me acosan a preguntas, como si en esta Isla alguien pudiera tener “respuestas” a algo.
Toda mi vida la he pasado con el mismo presidente. No sólo yo, sino que mi mamá y mi papá –nacidos en el 57 y en el 54, respectivamente- tampoco recuerdan a otro, que no sea el que hoy se ha despedido de sus cargos. Varias generaciones de cubanos no se han hecho nunca la pregunta de quién los gobernará. Tampoco ahora tenemos muchas dudas de cuál persona ocupará el máximo puesto, pero al menos hay alguien que parece definitivamente descartado. Como en esos filmes de Alfred Hitchcock nos hemos enterado, sólo cinco días antes de las elecciones, que nuestros disciplinados parlamentarios se enfrentarán a una boleta diferente; que no tendrán que marcar al lado del “mismo” candidato.
A pesar de estar cayéndome de sueño, alcanzo a darme cuenta que hoy se ha cerrado un ciclo. Vale preguntarse si el nuevo que se abre llevará nuestros nombres, tomará el curso de nuestros deseos o durará otros cincuenta años.

 

La utopía impuesta (10-4-2008)

 

Habito una utopía que no es mía. Ante ella, mis abuelos se persignaron y mis padres entregaron sus mejores años. Yo, la llevo sobre los hombros sin poder sacudírmela.
Algunos que no la viven intentan convencerme –a distancia- que debo conservarla. Sin embargo, resulta enajenante vivir una ilusión ajena, cargar con el peso de lo que otros soñaron.
 A los que me impusieron –sin consultarme- este espejismo, quiero advertirles, desde ahora, que no pienso heredárselo a mis hijos.


Denuncia-alegato-confesión (16-5-2008)

 

Me advierten que sobre la mesa de alguna oficina descansa “mi caso”. Un expediente lleno de pruebas de infracciones cometidas, un abultado dossier de ilegalidades que he acumulado en estos años. Los vecinos me insinúan que me disfrace con gafas de sol y que desconecte el teléfono cuando quiera hablar algo privado. Poco, muy poco –me aclaran- puede hacerse ya para que no toquen a mi puerta una mañana bien temprano.
En espera de eso, quiero señalar que no guardo armas bajo la cama. Sin embargo, he cometido un delito sistemático y execrable: me he creído libre. Tampoco tengo un plan concreto para cambiar las cosas, pero en mí la queja ha sustituido al triunfalismo y eso es –definitivamente- punible. Jamás pude darle una bofetada a nadie, no obstante me negué a aceptar el sistemático manotazo a mi “yo cívico”. Esto último es condenable en grado sumo. Encima de eso, y a pesar de no haber hurtado nada ajeno, he querido “robar” –en repetidas ocasiones- lo que creía me pertenecía: una isla, sus sueños, sus legados.
Mas no se confíen; no soy del todo inocente. Llevo en mi haber un montón de fechorías: he comprado sistemáticamente en mercado negro, he comentado en voz baja –y en términos críticos- sobre quienes nos gobiernan, he puesto apodos a los políticos y comulgado ante el pesimismo. Para colmo, he cometido la abominable infracción de creer en un futuro sin “ellos” y en una versión de la historia diferente a la que me enseñaron. Repetí las consignas sin convicción, lavé los trapos sucios a la vista de todos y –magna transgresión- he unido frases y juntado palabras sin permiso.
Declaro –y asumo el castigo que me toque- que no he podido sobrevivir y cumplir con todas las leyes al mismo tiempo.

 

EL bosque de Sherwood (13-julio-2008)

Robin Hood ya ha repartido todas las riquezas arrebatadas. En un principio los pobres estaban contentos y aullaban de felicidad en cada esquina del bosque. Poco tiempo después comprendieron que el gran bandolero de Sherwood sólo sabía redistribuir la riqueza, pero no crearla.

 

Tu porción de miedo (2-septiembre-2008)

 

El temor te ha llegado por contagio, pues la verdad nunca sufriste un interrogatorio ni te asomaste a los paredones; jamás fuiste víctima de una purga o te arrojaron un huevo a la cara. Quizás ni siquiera te llamaron a contar. Tu desasosiego te llegó de oídas, por transferencia, a través de otros que sí han tenido motivos para intimidarse.
Un día hiciste las maletas y cruzaste al otro lado del Atlántico, empacando también la porción de miedo que te toca. Tus hijos nacieron bien lejos de esta Isla, pero aún así les administraste su correspondiente cucharada de aprensión. Puede ser que no hablen español, que no sepan localizar en el mapa el país de donde viene su padre, pero si saben ubicar el miedo. Hasta  ellos ha llegado la fulminante epidemia del temor, que no se cura.

 

Salvar hormigas (13-noviembre-2008)

 

Mi madre iba con el bulto de ropa hacia el lavadero de cemento, donde el cepillo y el jabón  blanquearían las camisas y desempercudirían los pantalones. La alarma se extendía sobre mi hermana y yo, al ver peligrar a las ingenuas hormigas que transitaban bajo la pila aún cerrada. Comenzaba entonces la carrera para salvar parte del imprudente hormiguero, ajeno al exterminio que mi mamá provocaría con el agua y la espuma. Niñas un tanto locas, dirían los vecinos, al vernos recuperar los minúsculos insectos que ellos ni percibían sobre el cemento gris.
Con el tiempo y miles de hormigas que no he podido salvar de la debacle, comprendí que lo nimio siempre está en peligro de ser barrido. Las revoluciones y las guerras arrasan con lo pequeño; con todo aquello que no aparece en las estadísticas ni en los grandes libros de historia. Las diminutas cosas que dan cuerpo y vida a una sociedad perecen cuando se abre la pila de los cambios violentos y de los conflictos bélicos.
El sabor de una fruta perdida en la memoria, una tarde en el contén del barrio hablando a máscara quitada, un ternero trotando en el campo sin temor a ser sacrificado ilegalmente, una limonada fría que no te ha costado una hora de cola. Todo eso forma parte también del hormiguero, aunque esas “lavanderas” que quieren limpiar y sacudir un país, crean que son antojos de minúsculos bichos.
Sigo siendo aquella niña temerosa de los que quieren cambiarlo todo, con recelo de los que proponen dar cepillo a las estructuras tradicionales. Me fío más de la pequeñez de las hormigas, de su constante caminar y de su lenta posesión de los espacios.  Ellas, que aún son barridas por los chorros de agua, un día cerrarán por sí mismas las pilas.

Ganas de elegir (25-noviembre-2008)

Desde hace semanas, hay palabras como “urna”, “votos” y “candidatos” que nos persiguen por todas partes. Primero fueron los comicios en Estados Unidos y ahora el tema ha renacido con lo ocurrido el domingo en Venezuela. Como si al final del año todo conspirara para recordarnos nuestra condición de no electores, nuestra escasa práctica de decidir quién nos dirige.
Uno se acostumbra a no poder optar qué va a llevarse a la boca, bajo qué credo va a educar a sus hijos o a quién le abrirá la puerta, pero esa resignación estalla cuando ve votar a otro. De ahí que tenga revueltas -por estos días- las ganas de doblar la boleta, colarla en la ranura y saber que junto a ella va mi grito, un estentóreo alarido que reclama: “elegir”.

 

¿Cumpleaños o aniversario? (13-12-2008)

 

Mientras se preparan extensos dossiers sobre los cincuenta años de la Revolución Cubana, pocos se preguntan si lo celebrado es el cumpleaños de una criatura viva o sólo el aniversario de algo que ocurrió. Las revoluciones no duran medio siglo, les advierto a los que me preguntan. Terminan por devorarse a sí mismas y excretarse en autoritarismo, control e inmovilidad. Expiran siempre que intentan hacerse eternas. Fallecen por querer mantenerse sin cambiar.
Lo que comenzó aquel primero de enero lleva –según muchos– varios años bajo tierra. La discusión parece estar alrededor de la fecha en que ocurrió el funeral. Para Reinaldo, murió aquel agosto de 1968 cuando nuestro barbado líder aplaudió la entrada de los tanques a Praga. Mi madre vio agonizar la Revolución mientras dictaban la sentencia de muerte al general Arnaldo Ochoa. Marzo del 2003, con sus detenciones y juicios sumarios, fue el estertor final que escucharon algunos empecinados que la creían viva aún.
Yo la conocí cadáver, se los digo. Aquel año 1975 en el que nací, la sovietización había borrado toda la espontaneidad y nada quedaba de la rebeldía que evocaban los mayores. No había ya pelos largos ni euforia popular, sino purgas, doble moral y delación. Los escapularios con los que habían bajado de la montaña estaban ya proscritos y aquellos soldados de la Sierra Maestra, se habían vuelto adictos al poder.
El resto ha sido el prolongado velatorio de lo que pudo ser, los cirios encendidos de una ilusión que arrastró a tantos. Este enero la difunta cumple un nuevo aniversario, habrá flores, vivas y canciones, pero nada logrará sacarla del panteón, hacerla volver a la vida. Déjenla descansar en paz y comencemos pronto un nuevo ciclo: más breve, menos altisonante, más libre.

 

Un mundo posible, es mejor (17-1-2009)

 

Ante las promesas de futuro que nunca se concretan, me inclino por el porvenir que comience hoy mismo, por los sueños que se materialicen en esta jornada. Ya tuve mis ojos puestos en el mañana, respiré bocanadas de porvenir y me creí el espejismo de lo que vendría. A estas alturas, sólo apuesto por lo viable.
Me he levantado trastocando una de esas quiméricas consignas -que tanto escuchamos por la tele- para hacerla más real. Un mundo posible es mejor  -me he dicho- y comienzo a sentir que vamos a lograrlo. Que el planeta, mi isla y mi ciudad encontrarán  soluciones realizables, no otra andanada de utopías.

Víctima no, reponsable (26-1-2009)

 

Podría pasarme el día asustada, escondiéndome de esos hombres apostados allá abajo. Llenaría cuartillas con los costos personales que me ha traído este blog y con los testimonios de quienes han sido “advertidos” de que soy una persona peligrosa. Bastaría con que lo decidiera y cada uno de mis textos sería una larga queja o el dedo acusador de quien busca la culpa siempre afuera. Pero sucede que no me siento víctima, sino responsable.
Estoy consciente de que he callado, que he permitido a unos pocos gobernar mi isla como si de una hacienda se tratara. Simulé y acepté que otros tomarán las decisiones que nos tocaban a todos, mientras me escudaba en el hecho de ser demasiado joven, demasiado frágil. Soy responsable de haberme colgado la máscara, de haber usado a mi hijo y a mi familia como argumento para no atreverme. Aplaudí -como casi todos- y me fui de mi país cuando estuve harta, diciéndome que era más fácil olvidar que intentar cambiar algo. También cargo con la deuda de haberme dejado llevar -algunas veces- por el rencor o por la sospecha, que hicieron mella en mi vida. Toleré que me inocularan la paranoia y en mi adolescencia, una balsa en medio del mar, fue un deseo frecuentemente acariciado.
Sin embargo, como no me siento víctima, me subo un tanto la saya y le enseño mis piernas a los dos hombres que me siguen a todas partes. No hay nada más paralizante que una pantorrilla de mujer cuando le da el sol en medio de la calle. Como tampoco tengo madera de mártir, intento que no me falte la sonrisa, porque las carcajadas son piedras duras para los dientes de los autoritarios. Así que continúo mi vida, sin dejar que me conviertan en puro gemido, en sólo un lamento. A fin de cuentas, todo esto que hoy vivo ha sido producto también de mi silencio, fruto directo de mi anterior pasividad.

Reloj de arena (19-2-2009)

Cada día me topo con alguien que se ha desilusionado y le ha retirado su apoyo al proceso cubano. Hay quienes entregan el carnet del partido comunista, emigran con sus hijas casadas en Italia o se concentran en la plácida labor de atender a sus nietos y hacer la cola del pan. Pasan de delatar a conspirar, de vigilar a corromperse y hasta cambian sus gustos radiales de Radio Rebelde a Radio Martí. Toda esa conversión –lenta en unos, vertiginosa en otros- la percibo a mi alrededor, como si bajo el sol isleño, a miles les hubiera dado por mudar la piel. Sin embargo, ese proceso de metamorfosis sólo ocurre en una dirección. No me he topado con nadie –y mira que conozco gente- que haya pasado del descreimiento a la lealtad, que comenzara a confiar en los discursos después de años de criticarlos.
Las matemáticas nos confrontan con ciertas verdades infalibles: el número de los insatisfechos aumenta, pero el grupo de los que aplauden no gana nuevas “almas”. Como un reloj de arena, cada día cientos de pequeñas partículas de desengañados va a parar justo al sitio contrario donde una vez estuvieron. Caen hacia el montículo que formamos los escépticos, los excluidos y el coro inmenso de los indiferentes. Ya no hay retorno al lado de la confianza, porque ninguna mano podrá darle vuelta al reloj, poner arriba lo que hoy está definitivamente abajo. El tiempo de multiplicar o sumar pasó hace rato, ahora los ábacos operan siempre con restas, marcan la interminable fuga en un solo sentido.

Un discurso bien macho (1-3-2009)

Todavía conservo el olor de la máscara antigás con la que corríamos al refugio en las prácticas militares, durante la escuela primaria. Mis colegas y yo llegamos a temer que un día nos resguardaríamos en el sótano de algún edificio, mientras afuera caían las bombas. La ciudad muestra

hoy las huellas de un constante ataque, pero sólo han sido los proyectiles de la mala administración y las balas del centralismo económico las que han moldeado este paisaje. De tanto prepararnos para una batalla que nunca llegó, pasamos por alto que el principal enfrentamiento ocurría entre nosotros mismos. Un combate prolongado entre los que estamos hartos del lenguaje belicista y, al otro lado, los que necesitan de “una plaza sitiada, donde disentir es traicionar”.

Rodeados de vallas que nos advierten de una posible invasión del norte, hemos crecido varias generaciones de cubanos. Enérgicos llamados a resistir, ya nadie sabe muy bien a quién o a qué, conforman la cantaleta de fondo. Como un soldado que duerme con un ojo abierto para levantarse de un salto cuando suene la diana, así de expectantes deberíamos de ser. En cambio, la indiferencia ganó la batalla principal y la mayoría de mis amiguitos de la infancia terminaron por ir al exilio, en lugar de a la trinchera.
Después de varias décadas de escuchar lo mismo, estoy cansada del macho enfundado en su uniforme verde olivo; del adjetivo “viril” asociado al valor; de los pelos en el pecho determinando más que las manos en la espumadera. Todas mis progesteronas aguardan porque esa parafernalia tan robusta, se cambie a frases como “prosperidad”, “reconciliación”, “armonía” y “convivencia”.

 

Montescos y Capuletos (10-4-2009)

¿Cuál fue el origen del conflicto entre la familia de Romeo y el poderoso clan donde nació Julieta? Recuerdo la escala en el balcón, las promesas de regreso y el destierro en Mantua, pero no puedo precisar la chispa que desató la confrontación entre ambas estirpes. Muchos jóvenes cubanos, al igual que los enamorados de Shakespeare, han nacido en medio de un conflicto del que apenas si pueden ubicar sus motivos. Crecieron a la sombra de la rivalidad entre el gobierno cubano y las administraciones norteamericanas; se amamantaron bajo el resentimiento que habían provocado -o padecido- sus padres y sus abuelos.
Hoy, estos que no rebasan los treinta, tampoco pueden ubicar el comienzo de unos rencores de los que no son responsables. Miran hacia adelante y les parece normal que algún día Montescos y Capuletos mezclen su sangre en una prole común, superen las espadas y los venenos. No vamos a poder impedirles que se amen, evitemos entonces que simulen un odio que no sienten; sobre todo que finjan suicidarse para complacer a los mayores.

 

Nietos descreídos (6-5-2009)


Voy con el nieto más pequeño a pasear por las calles de una Habana diferente y a la vez familiar. Ya no tengo un blog y mis setenta años se me notan en cada arruga del rostro y en la larga trenza blanca. Aunque esta podría ser una fantasía futurista de tonos  oscuros, prefiero creer que caminamos por una ciudad renacida y próspera. Vamos a un parque para tomar el sol y trato –como todo anciano- de hablarle de mis tiempos, de aquellos años en que yo tenía la delgadez y la energía que ahora exhibe él.

El español sigue siendo la lengua materna de mi prole, pero el chico me mira como si no entendiera todo lo que le digo. Hace una mueca de duda cuando me refiero al “período especial”, la “libreta de productos racionados” o la “fidelidad ideológica”. Sus problemas son tan diferentes ¿por qué habría de comprender los que una vez yo tuve?  Exhibe sin pudor varias confusiones históricas y llama a un fallecido líder con el apelativo de una cantante de salsa. Es incapaz de diferenciar entre el discurso decretando el carácter socialista de la Revolución y aquel en que se anunció el colapso de la Unión Soviética.

No me manda a callar por respeto, pero en sus ojos leo que toda mi cháchara le aburre. “La abuela está anclada en el tiempo” dirá cuando me vaya, pero frente a mí simula escuchar las desfasadas anécdotas de esa Cuba remota. No sabe este muchacho que la premonición de su existencia me permitió mantener la cordura cuarenta años atrás. Proyectarlo  -con su mohín de descreimiento sentado en un parque de La Habana futura- me evitó tomar el camino del mar, de la simulación o del silencio. He llegado hasta ahí gracias a él y en lugar de decírselo, lo mareo con mis anécdotas de lo que pasó, de lo que nunca volverá a repetirse.

 

Decir que “no” (29-6-2009)

Un presentador de la televisión le ha dado nombre a un divertido adorno, en forma de perro, que se coloca en el interior de los autos. Asentir todo el tiempo le valió a ese conductor que lo compararan con los peluches que mueven la cabeza con cada salto de la carrocería, mientras simulan decir que “sí”. El referido señor siempre ratifica lo que dicen sus jefes, de ahí que el cuello se le vuelve un muelle cuando dirige uno de los programas con menos audiencia de la televisión cubana.

Una amiga mexicana me regaló está jicotea que dice “no”, la cual me hace recordar las negativas que los ciudadanos nunca hemos podido expresar en público. Al ritmo de este simpático quelonio, me gustaría subrayar todo aquello que desapruebo pero que no me permiten decidir con una boleta. Mover la cabeza hacia los lados cuando no se está de acuerdo implica una cuota mayor de valor que afirmar o consentir todo el tiempo. El deporte de decir que “sí” le ha costado demasiadas pérdidas a mi generación, que carga con las consecuencias de los asentimientos y compromisos que hicieron nuestros padres.

Podríamos empezar por decir que “no” al centralismo, la burocracia, el culto a la personalidad, las prohibiciones absurdas y la gerontocracia. Como un ventilador que gira de derecha a izquierda, así me movería si alguien me consulta sobre la gestión del actual gobierno. “No” es la primera palabra que brota cuando me preguntan si la Cuba de hoy se parece a lo que me prometieron siendo niña. Mi desaprobación no la trasmitirán en la tele, ni me valdrá las palmaditas complacientes de algún jefe, pero al menos no es automática como el “sí” del perrito plástico que asoma detrás del parabrisas.

 

Atrapados en la ola (6-7-2009)

No alcancé a ver, durante la muestra de cine alemán, el controvertido filme “La ola”. Sin embargo, pocos días después alquilé una copia con subtítulos al español a través de las redes underground de distribución. La vimos en casa junto a varios amigos y el debate nos dura hasta hoy, pues hay demasiadas coincidencias para que lo contado en ella sea pura casualidad entre nosotros.

Muchos de los elementos que la película muestra como característicos de una autocracia no me sorprenden. Fui una pionerita uniformada –al final me alegro, porque sólo tenía una muda de ropa fuera de la saya roja y la camisa blanca de la escuela– y repetí cada día un gesto que, al compararlo con el brazo ondulante de La ola, éste último me parece un juego de niños delicados. Mi mano se tensaba y con todos los dedos unidos señalaba a mi sien, mientras prometía llegar a ser como un argentino que había muerto quince años atrás. Aquel saludo militar apuntaba a mi cabeza como un arma, a modo de auto-amenaza que me obligaba a cumplir con el “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

Yo también creí haber nacido en una Isla elegida, bajo un sistema social superior, guiada por el mejor de los líderes posibles. No eran “arios” los que nos gobernaban, pero se autotitulaban “revolucionarios” y eso parecía ser un estadio más evolucionado -el escalón más alto– del desarrollo humano. Aprendí a marchar, me arrastré en clases interminables de preparación militar y supe usar un AK antes de cumplir los quince. Mientras, las consignas nacionalistas que gritábamos pretendían esconder el éxodo de mis amiguitos y la dependencia que teníamos del Este.

Pero nuestra autocracia produjo resultados inesperados, muy alejados del fanatismo o la veneración. En lugar de soldados de ceño fruncido, engendró apáticos, indiferentes, gente con máscaras, balseros, descreídos y jóvenes fascinados por lo material. Tuvo también su recua de intolerantes -quiénes, si no, forman las Brigadas de Respuesta Rápida– pero el sentimiento de pertenecer a un proyecto colectivo que sería una lección para el mundo se esfumó como la falsa esencia de un perfume barato. No obstante, nos quedaron los autócratas, el profesor Wenger siguió parado frente al aula gritando y exigiéndonos levantarnos una y otra vez de la silla.

El nuestro no es un experimento que dure una semana ni que implique a unos pocos alumnos en un aula. Nuestra actual situación es la de haber sido atrapados en La ola, engullidos y ahogados por ella, sin haber podido tocar nunca la playa.

 

Reliquias y recuerdos (21-7-2009)

Un lector de Generación Y me envió un trozo del muro de Berlín. El fragmento de concreto ha llegado hasta mí, que estoy cercada también de ciertos límites, no por intangibles menos severos. La piedra pintoreteada con restos de graffiti me sugirió una imposible colección de aquello que ha contribuido a separar a los cubanos. Al decir de un escritor latinoamericano, sería el desfile de “las cosas, todas las cosas” que han avivado la división y la crispación entre los que habitamos esta Isla.

Pondría, en esa peculiar acumulación de objetos, un tramo del alambre que alguna vez rodeó las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP); una esquirla de los cohetes nucleares emplazados en nuestra tierra y que estuvieron a punto de hacernos desaparecer a todos; una de esas páginas donde  millones firmaron –sin tener la opción de marcar “no”– que el socialismo sería irrevocable y una astilla de aquellos palos que rajaron cabezas el 5 de agosto de 1994, en la avenida del Malecón habanero. Al muestrario le faltaría una pieza importante si no coloco, también, una cáscara de los huevos que volaron cuando el éxodo del Mariel; algunos milímetros de tinta de los informes y delaciones que han abundado en los últimos años. No habría museo capaz de también cobijar a los seres y situaciones que han actuado como una gran barrera de ladrillo y cemento entre nosotros.

Cada cubano podría hacer su propio repertorio de los muros que aún tenemos. Más difícil parece confeccionar el listado de lo que nos une, de los posibles martillos y picos con los que echaremos abajo las tapias que nos quedan. Por eso me ha hecho feliz el regalo de este habitual comentarista, pues tengo la impresión que nuestras barreras y parcelaciones también serán –algún día– piezas valoradas sólo por coleccionistas de cosas pasadas.

 

Experimentados camaleones (5-10-2009)

 

Hasta mediados de la década de los ochenta, se les podía encontrar a todo lo largo del territorio nacional. Durante un cuarto de siglo, su presencia se impuso, eran agresivos y exhibicionistas. Parecían absolutamente convencidos. Optimistas impermeables a cualquier desánimo, tenían siempre a mano el argumento preciso para salirle al paso al derrotismo, al comentario tendencioso del “enemigo”. Los caracterizaba una sonrisa arrogante como preludio a sus respuestas, un aire didáctico lleno de superioridad y una mirada entre despectiva y piadosa cuando prodigaban su claridad entre los confundidos. A veces se mostraban sorprendidos, asombrados de que existieran personas que no comprendieran que el futuro luminoso estaba a punto de llegar y de imponerse.

Ahora algunos de ellos–como experimentados camaleones– se han metamorfoseado y estudian las reglas del marketing para aplicarlas en las empresas mixtas con capital extranjero donde ocupan cargos de gerentes. Tienen el olfato fino para oler los cambios inevitables que vendrán. Cuando se quedan a solas con alguien excluido y crítico –como yo– nos palpan el hombro mientras nos dicen al oído “estoy contigo”. De esa y otras maneras, los oportunistas creen que se reservan un lugar en el mañana, donde planean llevar la máscara que haga falta con tal de seguir beneficiándose.

La trasmutación de esta especie, que depredaba a quienes tenían un pensamiento diferente, ha contribuido a un leve mejoramiento en el clima espiritual de la nación. Ante la paulatina desaparición de los inquisidores, los herejes van ganando confianza, lo que no significa que se hayan apagado las hogueras. Las instituciones represivas siguen intactas, la diferencia es que ahora están faltos de argumentos y solo puede esgrimirse el deseo de mantenerse en el poder, no ya como una clase social que pugna por reivindicar sus derechos, sino como una casta, un clan familiar que defiende sus intereses.

 

Argumentos contra gritos (7-10-2009)

 

A Gandhi, en el 139 aniversario de su nacimiento

Se preparó. Pulió las explicaciones. Todas las propuestas, que había ido acumulando en años de mirar su realidad y querer cambiar las cosas, las afiló para una contienda verbal. Había calculado que su oponente en el debate le recordaría los beneficios y le advertiría de ciertas manchas en el sol, que sólo ven los inconformes. Para esquivar las comparaciones con otros países –recurso discursivo tan frecuente entre quienes quieren silenciar la crítica– se apertrechó especialmente. Estuvo listo para rebatir el insulto de que sus palabras favorecían al Norte, o que sus zapatos no parecían comprados con el salario de un obrero.
Fanático del beisbol, calentó el brazo de su polémica, como el cuarto bate que espera conectar un jonrón ante un adversario incapaz de lanzar nuevos argumentos.  Llevaba años esperando un espacio para la polémica y al fin el contexto para replicar parecía alcanzarse. Sólo que llegó al tablado de la discusión pensando que querían escucharlo. Craso error. En realidad, su rival sólo pretendía amordazarlo. De ahí que el logrado edificio de explicaciones que había construido, no soportó el grito y la agresión del otro. Para cada opinión encontró venas de la frente hinchadas, puños cerrados y ofensas a raudales. Intentó explicar que sólo pensaba en el bien de su país, pero el insulto de “mercenario” no le dejó terminar la frase.
Como no sabía responder a los golpes con trompadas, prefirió callar y su rival pensó que lo había exterminado.  Pero allí estaba, un hombre armado para el debate, reducido a protegerse de las pedradas. Regresó a su casa y descartó uno a uno los análisis, desechó las explicaciones sobre la inviabilidad económica del sistema y condenó -al peor lugar- su extensa diatriba contra una Revolución donde no ocurren cambios. Fue a la cocina y buscó la gruesa tranca con la que se protegía de los ladrones. El oponente logró su propósito: lo había convertido en alguien que necesita la violencia para hacerse oír.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s